Por Alejandro Gamero.
Desde hace siglos, los libros han sido considerados tesoros que merecen cuidado y protección.
El refrán “Libro prestado, libro perdido” refleja ese sentimiento universal entre los amantes de la lectura.
Con la llegada de la imprenta a mediados del siglo XV, surgió una forma elegante de reclamar la propiedad de los libros: los Exlibris.
Inicialmente, se trataba de pequeñas estampas o grabados, que con el tiempo evolucionaron a etiquetas, sellos o rótulos, colocados en la portada, la primera hoja en blanco o el reverso de la cubierta. Su función era clara: indicar a quién pertenecía el libro. De hecho, su nombre proviene del latín ex libris, que significa “de los libros de…”, una inscripción que aparece en la mayoría de estos distintivos.
La aparición de los Ex-libris respondió a la necesidad de proteger los libros frente a pérdidas o robos, un problema importante desde la Edad Media. Las bibliotecas de aquel tiempo adoptaban medidas extremas: algunos ejemplares estaban encadenados, mientras que otros incluían advertencias e incluso maldiciones. Una de las más célebres decía así: “Si alguien toma este libro sin permiso, que sea maldito. Que su cuerpo se consuma, que sus huesos se vuelvan polvo y que sea entregado a los gusanos eternos. Que el ladrón sufra hasta que este libro sea devuelto.” En este contexto, el exlibris fue el siguiente paso natural: un método más sofisticado y estético para señalar la propiedad de un libro, gracias a las posibilidades que ofrecían la imprenta y las técnicas de grabado.
Aunque se han encontrado antecedentes antiguos —como una placa de barro cocido azul con jeroglíficos que perteneció al faraón Amenhotep III y se conserva en el Museo Británico de Londres—, el primer exlibris tal como lo concebimos hoy data de 1480. Su creador fue Hilprand Brandenburg de Biberach, un monje cartujo. Su grabado en madera, que se conserva en el Museo y Biblioteca Rosenbach de Filadelfia, representa un ángel con un escudo adornado por un buey, con detalles coloreados a mano. Brandenburg lo incorporó a más de 450 volúmenes del monasterio de Buxheim, cerca de Memmingen, Alemania, en un momento en que la impresión en madera estaba apenas en sus inicios.
Breve historia del exlibris
Los primeros exlibris se originaron en Alemania; Francia cuenta con su primer ejemplo en 1529 (Jean Bertaud de la Tour-Blanche), Holanda en 1597 (Anna van der Aa) e Italia en 1622. En América, el primer exlibris conocido fue creado en 1642 por el impresor Stephen Daye en Massachusetts. El primer exlibris del que se tiene noticia en España es del rey Fruela I de Asturias (756- 768).
Durante los siglos XV al XVIII, los Exlibris se convirtieron también en un símbolo de estatus: reflejaban el prestigio de familias nobles, que eran entonces los únicos capaces de reunir bibliotecas considerables. El estilo ornamental alemán se convirtió en referente, y artistas como Alberto Durero contribuyeron con grabados y diseños entre 1503 y 1516, dejando una influencia que se mantendría a lo largo de los siglos, pese a las variaciones estéticas italianas y francesas y los cambios introducidos por el modernismo. Personajes famosos de todo el mundo quisieron tener su Ex libris y así apuntarse a esta moda artística.
El siglo XIX marcó un cambio importante: el auge de la clase media, la producción masiva de libros y la pasión por la bibliofilia provocaron un renovado interés por los Exlibris. Coleccionistas de todo tipo empezaron a demandarlos, surgiendo estudios, publicaciones especializadas, asociaciones y congresos. La heráldica cedió protagonismo a símbolos, alegorías y emblemas, reflejando las tendencias artísticas del momento: orientalismo, art déco, cubismo y neoclasicismo.
El Ex libris en la actualidad
Aunque la llamada edad de oro de los exlibris finalizó tras la década de 1920, su encanto sigue vigente. En una era digital, el Exlibris personalizado recupera todo su encanto. No solo marca tus libros, sino que trae tu sello personal al mundo físico.